Antes
que nada voy a decir que me he traído impresiones positivas desde Rumanía.
Agradezco todo el interés de la organización por resolver los problemas
teniendo en cuenta que quizás por ser la 20ª Edición se había programado la
asistencia de más autores de los que el propio evento podía albergar. Dicho
esto voy a trazar un pequeño recorrido por algunas de las cosas que viví entre
el 13 y el 19 de julio en Curtea de Arges (Rumania).

En
primer lugar y, probablemente, lo más negativo de todo el festival ha sido la
desorganización. Digo desorganización porque, aunque había un programa, no
siempre se cumplían las horas y uno tenía la impresión de vivir demasiados
momentos vacíos o poco aprovechados. Por ejemplo de los tres días que recitamos
los poetas invitados, no sabíamos qué día lo íbamos a hacer. Hubiera sido
relativamente fácil elaborar una escaleta con los días y horas que cada uno
recita. Eso mismo se hace en Voces del Extremo (Moguer, Huelva, España) en
donde, al menos, sabes entre qué hora y qué hora vas a recitar. En este caso no
lo sabías. Así, el último día que recitamos -lo hicimos el 16 de julio- prácticamente
fue el cincuenta por ciento de los participantes, mientras que el primer día,
el 14, apenas lo hicieron doce personas. A veces el excesivo protocolo se comía
las sesiones y el tiempo, teniendo en cuenta que los participantes sólo iban a
poder leer un poema. Pero siendo justos hay que decir que todo el mundo leyó su
poema, aunque a mí se me antoja poco para un viaje tan largo. Demasiados
tiempos muertos, burocratizados o por desorganización que hubieran podido ser
aprovechados. Junto a esto debo avanzar dos ideas más. Primera, la excesiva
importancia del currículum de los participantes. Creo que con haber leído un
resumen era más que suficiente. En las actividades de la mañana en las que se
mostraban los libros que editaba la Academia Oriente-Occidente se daba más
importancia al currículum del autor que a su obra. A veces la lectura de tres
páginas de libro, con su traducción respectiva al inglés, era tediosa. Hubiera
preferido escuchar dos pinceladas y haber oído más poemas. A eso se le une el
excesivo academicismo de los actos. Se daba demasiada importancia a los méritos
académicos que a la obra. Esta es también una apreciación personal que me he
traido. Las dos que enuncio se podían solventar con la lectura de la antología
que recoge toda esta información. Hacer hincapié en estos datos nos quitó la
posibilidad de leer nuestro segundo poema (cada autor figuraba en la antología
con un mínimo de dos poemas).

Desde
el punto de vista del eco que tenían los actos creo que se trabajó poco el tema
del público pues éramos los poetas el público de nuestros propios actos. Eché a
faltar la difusión externa del evento. Incluso para los poetas locales -algunos
estaban citados y sólo acudieron a recitar el último día-. Pero público de la
localidad no hubo. Por otro lado la Casa de Cultura no estaba preparada para
albergar demasiada gente. Sólo con los poetas llenábamos el aforo. Y el calor a
veces era insoportable. De todo esto se desprende demasiada endogamia.

Los
autores siempre nos quejamos de la poca difusión de nuestra obra pero si estos
actos no se abren a todo el mundo no deja de ser una actividad hecha por y para
nosotros. Creo que se hubiera solventado fácilmente -como se hace en Voces del
Extremo- recitando en la calle o en alguna plaza y dejar de lado tanto micrófono
y atril, tanto acto academicista. Sinceramente la población local se perdió la
oportunidad de ver y escuchar a artistas de los cinco contienentes. También se
podían haber aprovechado las redes sociales para hacerse eco de las
actividades. Agradezco sin embargo que uno de mis poemas fuera publicado en el
periódico local (también fueron publicados algunos de otros compañeros)

Lo
mejor sin duda ha sido trabar conocimiento de otros autores de otras
nacionalidades. Los contactos y los momentos vividos son lo que uno saca como
mejor conclusión. Los ratos en bares y restaurantes leyendo poesía, haciendola
nuestra, compartiendola incluso ante aquellos que no entienden totalmente lo
que decimos. Hubieramos agradecido que la traducción hubiera sido de vez en cuando
en algún otro idioma que no fuera sólo el inglés porque teóricamente los poemas
estaban traducidos (en la antología) o al inglés, o al francés o al español y
al rumano.
Agradezco,
igualmente, que la organización nos haya enseñado muestras de la cultura e
historia de Rumanía. Así como también de su gastronomía. Y a la siempre
atenta traductora, y algo más, Alina Baiasu.